Soy consciente de que muchos de los que leáis este post hasta el final no vais a entender nada…
Sé que suena extraño y que no se entenderá con sentido, que se me llenen los ojos de lágrimas cada vez que, después de unos días de descanso, cruzo esa puerta y mis pies pisan en tapiz. El olor a linóleo y a danza no se pueden describir. Son olores que van unidos a un sentimiento personal e intransferible.
Son ya más de diez años desde que abriese por primera vez esa puerta y me diese cuenta, en ese preciso momento, de que siempre sería mi lugar favorito.
Donde las horas pasan como segundos, donde al terminar las clases de toda una tarde de trabajo con ruido e incesantes gritos de alumnos, me quedo «un ratito más» , en el silencio de la noche, a bailar y estirar tranquila, y se me pasa la hora de la cena.
Donde sesiones de fotografía que empiezan en la sobremesa se alargan casi hasta el amanecer y no me ha entrado ni hambre… donde todo lo que pueda imaginar lo puedo realizar, donde todo pensamiento oscuro desaparece. Donde mi vida tiene sentido.
Es un pedacito de mi, de mi ser y de mi danza. Han sido meses muy duros, el simple hecho de pensar que una pandemia mundial también podría llevarse mi escuela por delante ha provocado en mi momentos de ansiedad, ahogo y desesperación.
Una vez más cojo impulso y me elevo hacia la superficie de ese pozo en el que progresivamente parecía que me iba hundiendo, y vuelvo a mi lugar favorito.
Deseando abrir esa puerta el día 1 de junio. Llenarla de alumnos, de amor, de danza, de sueños e ilusión.
Soy consciente de que muchos no vais a entender nada pero… vuelvo a nacer en una semana.

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