Anna Pavlova

La gran figura del ballet Anna Pavlova, nació en San Petersburgo, Rusia, el 12 de febrero de 1881. Pertenecía a una familia de campesinos con bajos recursos.

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Ella misma declaró que su padre falleció cuando ella tan sólo tenía dos años de edad, aunque hay hipótesis que apuntan a que era hija ilegítima de un banquero (Lázar Polyakov).

Comenzó a bailar a los 8 años, aún muy pequeña para que pudiesen admitirla en la escuela del Ballet Imperial, de modo que volvió a intentarlo un par de años más tarde. Pronto destacó de entre las bailarinas de su promoción, llegando a debutar con 16 años y trabajando en estos primeros años con Serguéi Diáguilev en los Ballets Rusos. Mucho antes de que éste, fundase su propia compañía.

Pavlova unió sus aptitudes coreográficas y grandes dotes de actriz. Aportó muchas innovaciones creadoras que nunca antes se había visto en el mundo del ballet clásico. Los ballets románticos fueron, sin duda, su gran fuerte, sobresalía por encima de las bailarinas de la época en la interpretación de los adagios.

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En 1890, se esperaba de las bailarinas del Teatro Mariinski fueran técnicamente fuertes, con un cuerpo poderoso, musculoso y compacto. Pávlova era todo lo contrario, delgada, de apariencia delicada y etérea, perfecta para los papeles románticos como Giselle. Sus pies eran extremadamente arqueados, tanto es así que reforzó sus zapatillas de punta agregando un pedazo de cuero duro en las suelas para soportar y aplanar la horma. Cambió para siempre el ideal de bailarina, por su físico y cadencia de movimiento.

 

Su pieza culmen, la más famosa y conocida, fue «La muerte del cisne», perteneciente a la obra “El Carnaval de los Animlaes”  compuesto por Camile Saint-Saëns y coreografiada exclusivamente para ella por Michel Fokine.

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Fue estrenada en 1905 en San Petersburgo, y presentada en el Metropolitan Opera House de Nueva York cinco años más tarde. Desde ese momento nadie puede imaginar a Anna Pavlova de otro modo que no sea con ese traje de plumas blancas, hoy expuesto en el Museo de la Ópera de París. Se mimetizó en el cisne y se convirtió en él.

Poco antes de cumplir los 50 años, el 23 de enero de 1931, Anna Pavlova falleció en La Haya a causa de una pleuresía.

Días antes, Anna estaba haciendo un viaje para bailar durante su gira. El tren en el que viajaba, tuvo un accidente y descarriló. Ella, en plena noche, salió de su compartimento, descalza y en camisón, para socorrer a las personas que habían sufrido en el accidente. Había nevado y las temperaturas eran mínimas…fue allí donde enfermó de pleuresía.

Hay muchas leyendas y mitos a cerca de sus últimas palabras, pero la realidad es que su última voluntad, agonizando ya en su lecho de muerte, fue inmortalizar ese cisne al que ella misma había dado vida durante tantos años. Sus últimas palabras fueron: «Prepárenme el traje de cisne y tocad aquel último compás muy suavemente«.

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De acuerdo con la tradición del ballet, y en homenaje a esta gran figura de la danza, el espectáculo no se anuló, fue programado, y mientras sonaban los acordes de “la muerte del cisne” un proyector que iluminaba el escenario vacío, iba moviéndose por la escena al igual que la bailarina lo hubiese hecho en aquel momento.

Anna Pavlova fue incinerada mediante el rito ortodoxo ruso en Golders Green de Londres. Allí reposan sus cenizas por toda la eternidad.

 

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